Ver ediciones digitales
Continúa leyendo:
El riesgo de quedarse atrás
Comparte
Compartir

Cómo planificar las finanzas en tiempos turbulentos

Por: Financiero 30 Ago 2021
Cómo planificar las finanzas en tiempos turbulentos

Nadie puede darse el lujo de no prestarles atención, “y” no estar preparados. Por favor hágale caso a esa “y” que une las dos ideas precedentes, porque de eso se trata una buena gestión financiera: o las observamos buscando decidir cómo prepararnos para enfrentar esos tópicos (tanto para protegernos como para conseguir oportunidades); o seguimos concentrados en lo nuestro, porque ya nos habíamos preparado antes, sabiendo que estos tiempos turbulentos se presentan una y otra vez.


Hay muchas señales preocupantes en los mercados económicos y financieros, aprenda a interpretarlas

Compás Financiero

Andrés Chiodi
Consultor Financiero
Profesor del IESA Panamá
@CompasFinanciero

No hay dudas de que vivimos tiempos turbulentos, de poca claridad. Existe un gran número de tópicos críticos sobre la mesa, que atraen la atención de empresarios, economistas, inversionistas, políticos y seguramente de usted, apreciado lector.

Nadie puede darse el lujo de no prestarles atención, “y” no estar preparados. Por favor hágale caso a esa “y” que une las dos ideas precedentes, porque de eso se trata una buena gestión financiera: o las observamos buscando decidir cómo prepararnos para enfrentar esos tópicos (tanto para protegernos como para conseguir oportunidades); o seguimos concentrados en lo nuestro, porque ya nos habíamos preparado antes, sabiendo que estos tiempos turbulentos se presentan una y otra vez.

¿Por qué estamos en esta situación?
La causa más evidente de la actual coyuntura está relacionada con la pandemia global. Pero como sucede generalmente con los problemas socioeconómicos, hay muchas más raíces, no todas evidentes, y algunas arraigadas muy lejos en el tiempo o de su entorno económico habitual.

Es bueno tener la madurez para identificar y admitir que algunas decisiones que hemos tomado antes, como sociedad y como personas, definen varias de las condiciones actuales.

¿Cuáles son esas otras causas de esta situación?
Sin pretender hacer una lista exhaustiva ni algo cercano, tenga presente estas cosas al intentar interpretar qué fue lo que nos ha llevado hasta aquí, aparte la ya mencionada pandemia.

Tenemos muchas décadas, por no decir siglos, reduciendo las distancias en este mundo. Los innegables beneficios de la globalización, facilitados por las tecnologías de comunicación y transporte, además del intercambio cultural, vienen acompañados de nuevas realidades comunes, en las que los avances y retrocesos de cada región impactan al resto de los países, tanto para bien como para mal. Lo estamos viviendo de cerca por el lado de la salud, tanto por la propagación de enfermedades, como de las curas que inventamos con el conocimiento que compartimos.

Pero también tiene que ver con el gusto que hemos tomado por tener lo mejor del mundo, en innovación, calidad o precios. Por esta última razón, muchas empresas han pasado años optimizando su cadena productiva, recurriendo en gran parte a eslabones que funcionan lejos de casa. Por un foco marcado en la reducción de costos y la búsqueda de mejores desempeños en general, y dando por sentado que no importaban esas distancias geográficas -y económicas… y culturales… y más-, nos encontramos ahora con problemas de inventario y capacidades colmadas, que causan fallas en la logística de atender la demanda con prontitud.

Esas debilidades en la oferta son, en parte, la causa de las señales de inflación que han estado preocupando a muchos estos últimos meses. Pero esa inflación tiene otra causa fundamental, tanto o más importante y preocupante.

En muchos países importantes se han vivido décadas de un auge de ideologías políticas -y por ende económicas- que han abrazado la idea de impulsar el consumo y la liquidez a como dé lugar, usualmente con el objetivo miope de las siguientes elecciones. Eso se ha hecho recurriendo a tácticas peligrosas como el endeudamiento a ultranza, la emisión de dinero inorgánico y un gasto burocrático de crecimiento indetenible, tres ingredientes de una receta para el desastre.

Con la crisis financiera del 2008 y sus ramificaciones, se vencieron muchas de las resistencias a estas políticas cortoplacistas, y se inició el que seguramente es el período más marcado de estímulo económico artificial, que continúa y se transforma. Las tasas de interés ultra bajas -e incluso negativas- han conseguido efectos en la economía macro, micro y familiar, que también son parte clave de la situación actual.

La abundancia de dinero (a niveles macroeconómicos me refiero, porque es posible que no sienta que su familia haya vivido años de abundancia), dice presente en varias de las señales que más alertan: los altísimos niveles de precios de acciones y otros activos (¿alguien dijo cripto?) en los mercados financieros mundiales; las dudas sobre la solidez de las monedas de muchos países y la viabilidad fiscal de sus presupuestos; y el paso acelerado hacia empresas con uso más intensivo del capital (barato, por las tasas de interés) y menos dependientes de la mano de obra (cada vez más cara, por los avances sociales y laborales globales).

¿Debemos hacerles caso a las señales?
Definitivamente. Présteles atención, a menos que ya lo haya hecho antes y haya logrado estar tan bien preparado que no sienta temores. Y aún así, si ese es su caso, debería mantener cierto grado de conexión con la realidad, por si acaso se da cuenta de que puede lograr una mejor preparación, contando ahora con los nuevos aprendizajes que nos deja el cisne negro actual.

La pandemia puede tener consecuencias a más largo plazo de lo esperado, como cambios de comportamientos sociales y hasta de funcionamiento de los negocios. Cada vez que ocurre una crisis, la sensibilidad general aumenta y se elevan las medidas de prevención. Muchas veces exageradas. Y aunque gran parte de ello se reversa por cansancio e inefectividad, suelen quedar remanentes, controles y medidas que perduran por la falta de voluntad de eliminar lo obsoleto.

La oferta aumentará por leyes de mercado. La mano invisible del mercado irá moviendo los recursos hacia donde hay oportunidades de satisfacer la demanda. Pero los aprendizajes recientes en los negocios, traerán cambios en los esquemas empresariales. Por ejemplo, en lo relativo a la vulnerabilidad de las cadenas de suministro totalmente optimizadas por precio, construidas así a costa de la deseable resiliencia de contar y operar con alternativas logísticas, que mantengan a las empresas funcionando aunque sea a capacidad parcial, gracias a la diversidad de proveedores, sedes y mercados.

Y aunque hayan corrientes nacionalistas exacerbadas en este momento, los consumidores no soltaremos los beneficios de precio, calidad y seguridad que brinda la diversificación global, sólo que ahora un más consciente manejo de los riesgos en las empresas, las hará pasar de líneas óptimas de producción globales, a redes resilientes -y aún globales, aunque quizás no tan distantes en muchos casos-.

¿Qué sucederá?
No hay claras perspectivas de un cambio de tendencias en las ideologías dominantes. Aún se ven frecuentes episodios de populismo y demagogia, que manipulan hasta las democracias más avanzadas, y parece ser muy tímida la conciencia de quienes creemos que se deberían recuperar y fortalecer libertades y un mayor sentido de responsabilidad ciudadana.

Bajo estas premisas, es difícil esperar cambios de timón, al menos no hasta que vayan explotando en la cara de esos líderes y sus pueblos las consecuencias del paternalismo político, la hipertrofia estatal y la irresponsabilidad fiscal.

Más allá de los esperados aumentos de tasas en el mediano plazo, que probablemente sean modestos (aunque no privos de consecuencias), se mantendrá la tendencia hacia hacer que el capital cree más riqueza que el trabajo, lo que causa la falta crónica de empleos y al desplazamiento de las personas por la tecnología.

Esto se debe tomar en cuenta a la hora de planificar la empresa, y también para decisiones familiares, como las relativas a la diversificación de las fuentes de ingreso que se tengan (para no depender solo de un buen empleo) y también de decisiones respecto a la educación de los hijos, ya que frente a este mundo cambiante, los caminos de formación usuales ya no son necesariamente efectivos para garantizar una buena vida. En todo caso, se están abriendo nuevas alternativas en este campo, para que cada joven escoja la ruta de vida por la cual llegar a realizarse.

Respecto a los mercados financieros, comerciales y de dinero, y en general hacia la percepción actual de riqueza, la suma de más y más señales de que pudiera ocurrir un ajuste tiene que prepararnos, al menos mentalmente, a entender que disfrutamos de tantos castillos que son apenas de naipes, no fuertes como creemos o quisiéramos.

Incluso si el mundo encuentra la forma de que no explote violentamente ninguna burbuja, y simplemente las presiones se vayan disipando y pasando a sectores más sólidos, debemos irnos acostumbrando a la idea y planear cómo minimizar los daños -y quizás aprovechar oportunidades-. Cuidado: el razonamiento anterior es válido tanto para el Estado, la empresa o nuestra casa.

¿Hay que cambiar algo?

Es probable pero, aún así, depende. Sea a nivel personal como de empresa, lo ideal es que ya se tuviera una estrategia que reconozca que el futuro es incierto, que seguirá estando plagado de sobresaltos. Si es así, podría mantenerse enfocado, incluso relajado, mientras la economía sigue su curso.

Las señales mencionadas, y tantas otras, pueden interpretarse como que existen condiciones de tormenta perfecta. Sin embargo, salvo por la pandemia (en la cual por cierto ya tenemos año y medio acumulando aprendizajes, cansancio y deudas), el resto de argumentos ha estado presente y han venido siendo señalados por pensadores desde hace rato. Y eso nos puede hacer dudar.

Si nos abstraemos un poco de la realidad y la hipersensibilidad que nos puede causar, podríamos llegar a pensar que todo esto no es más que la versión actual del “caos” usual del complejo sistema socioeconómico moderno en el que vivimos.

Nunca hay suficiente estabilidad general, cualquier historiador acucioso nos lo podría decir. Así que, quizás, no estamos en una situación nueva ni, por ende, deberíamos cambiar la estrategia. Claro está, si es que teníamos un plan que reconoce la vulnerabilidad del estado de las cosas y está concebido para permitirnos estar enfocados siempre en nuestras metas de vida.

Hay quienes prefieren los tiempos turbulentos, porque en ellos identifican más oportunidades. No se les puede criticar, pero sí verificar que incluso cuando salen a pescar esas oportunidades en el mar revuelto, tienen base(s) en puerto seguro, que les brindan la serenidad financiera que todos anhelamos.

Hay que estar atentos de nuestro entorno, sin que ello nos desenfoque ni nos quite el sueño. Para ello debemos escoger un rumbo claro, ser flexibles y abiertos a mejorar, prepararnos para poder ser cada vez más resilientes, y tomar, si queremos, las oportunidades que traiga la corriente. Con una buena estrategia y plan, nos mantendremos serenos mientras alineamos los números a nuestro favor.

LEE MÁS CONTENIDO
¿QUÉ TEMA TE INTERESA?